El agente de Policía tras tomar nota de la declaración de Jordi, remiró su libreta, como si no se lo creyera. Luego miró a Jordi, suspiró. Previamente había escuchado la versión de Vicente Romaguera, y dio por hecho que, o se trataba de una broma, o Jordi estaba alucinando, tal vez presa del pánico, o de alguna sustancia sospechosa. Se frotó la coronilla, en la que no quedaba mucho pelo, tal vez a causa de ese gesto nervioso. Resopló, se puso en pie y dijo:
—Escucha, Jordi... tu amigo, Vicente, ha hablado antes que tú conmigo. Me ha contado que estaba en casa y llamaron al timbre y, cuando observó por la mirilla, vio a una inofensiva viejecita mirándole, con un moño cardado para tapar las calvas, su bata azul como la que has descrito, con el bolso, con un rancio lunar peludo a modo de bigote, pero perfectamente humana, con una sonrisa normal. Que le preguntó si podía abrirle. Pero Vicente dice que la reconoció, que había escrito sobre ella un reportaje en vuestra revista y que la señora estaría muy enfadada con él, así que le entró el pánico, decidió no abrir y corrió a esconderse en un armario. Es un poco infantil... pero es lógico. Yo también he tenido vuestra edad y me he metido en algún lío y luego he corrido a esconderme y a intentar no hacer ruido. Lo raro es que dice que, estando escondido, escuchó que la puerta se abría, que forzaba la cerradura con alguna ganzúa, y que después escuchó que alguien entraba y registraba la casa, y entonces fue cuando te envió el mensaje y corriste y viste la puerta abierta, y nos llamaste contando fantasías.
—Pero yo sé lo que vi.
—Crees saber lo que viste. La puerta estaba abierta, tal vez volvió el abuelo de Vicente y se olvidó cerrar la puerta.
—¿Pero qué hay de lo que yo vi...?
—Tienes una imaginación excesiva, Jordi... podrás ser un buen escritor, pero un mal periodista. Lo que me has descrito es una locura, producto de las alucinaciones... ¿de dónde venías?
—Estaba con unos amigos.
—¿Con unos amigos? ¿Qué amigos? ¿Dónde estabais?
—Debajo del puente de la cabra.
—Ajá... ahora todo cobra sentido.
—¿Qué pasa?
—Mira, Jordi... conozco a tu padre, estudiamos los dos juntos en el instituto. Es un buen tío. Llámale y dile que le debe otro favor a su amigo el Tato, ¿vale? No pasaré informe de esto, pero, prométeme que no volverás a ir con esos chicos. Son malas compañías, creía que tú eras un buen chico, tu padre siempre habla maravillas de ti.
—No entiendo, ¿qué pasa?
—¿Crees que me chupo el dedo, Jordi? Sé perfectamente lo que hacen los jóvenes en el puente de la cabra. Beben alcohol, fuman porros, y claro... tú has ido drogado a casa de tu amigo, que te escribió asustado, tal vez viste a la vieja, y lo has transformado todo, has alucinado.
—Pero... pero si yo no he probado ni una gota de alcohol, ni ninguna droga.
—Ya, claro.
—Lo juro. Hazme un test.
—Por favor, Jordi, no me hagáis perder más tiempo. Vuestras declaraciones van a ser archivadas y, por tu bien, olvidaos de la denuncia y volved a casa.
—Pero si fue real, sé lo que vi. Ese bicho atacó a mi amigo, me pasó por encima.
—A casa y a callar, antes de que me arrepienta y tenga una conversación seria con tu padre.
Se fueron de la Jefatura de Policía descorazonados. No les habían hecho ni caso y además les habían advertido que si volvían a dar falsas alarmas serían multados.
—¿Tú me crees, Vicente?
—Claro que te creo, Jordi. Además, sé que nunca te drogarías.
—Gracias... las drogas matan neuronas... no sé cómo alguien puede estar interesado en volverse más idiota. Yo, desde luego, no lo estoy. Pero seguro que ese policía, cuando era joven, mató millones de neuronas y por eso ya no sabe discernir la verdad ni aunque le dé un tortazo en la cara.
—¿Y qué hacemos, Jordi? Nadie nos va a hacer caso... pero yo tengo miedo de dormir en casa.
—Tampoco te creas que yo me siento muy seguro. Me ha visto la cara.
—¿Y crees que todo esto, lo del gato, lo de que vengan a mi casa, es por el reportaje?
—Estoy seguro.
—Lo siento mucho, no tenía que haberlo escrito.
—No, eso sí que no... nunca te arrepientas de contar la verdad. No es tu culpa, tú no le hiciste nada a tu gato... es que hay algo siniestro en esas viejas. No son seres humanos.
—Dios mío... qué movida. ¿Y qué son? ¿vampiros, extraterrestres, demonios, fantasmas...?
—No lo sé, pero pienso averiguarlo. No me voy a quedar esperando a que vuelvan a atacarnos.
Se disfrazaron como buenamente pudieron, con una gorra, unas gafas de sol y ropa de sus padres, creían su identidad tan a salvo como Superman con las gafas de Clarck Kent,y fueron a buscar a la vieja de la bata azul y el lunar peludo. Era domingo y no imaginaban dónde dar con ella... tal vez en el parque, o en la iglesia, o sentada en un banco. Subieron la colina del extremo norte del pueblo, deteniéndose de vez en cuando a tomar aire en los mosaicos del vía crucis. Miraban las imágenes de Jesucristo como pidiéndoles una respuesta, demandándoles ayuda, a pesar de que ninguno de los dos era especialmente creyente, ambos creían que existió Jesucristo y que fue alguien por encima de lo normal. No era una fe racional, ni meditada, pero en su ser, tanto Jordi como Vicente, confiaban en esa imagen heredada, en esa idea de bondad personificada en un nombre, en una persona.
Y cuando iban ya por más de la mitad del vía crucis se encontraron con una persona que descendía. No era una viejecita devota enlutada, sino una muchacha con la gorra mimetizada en su cabello. Jordi la había reconocido, aunque esta vez la joven llevaba la visera hacia atrás y se protegía del sol de media tarde con la palma de la mano extendida sobre los ojos. Sonrió al verle, también lo había reconocido. A Jordi le pareció mucho más atractiva con la luz del día y con la frente despejada. Aunque no iba nada femenina, su ropa era ancha, iba plana y sin maquillar, y con el pelo suelto secado al aire, era una chica de una belleza natural y mofletes regordetes y sonrosados, muy sana.
—Hola, Jordi, te recuerdo, eres el amigo de Saray, nos vimos en el puente.
—Sí, es verdad... perdona, pero no recuerdo cómo te llamas.
—Soy Carla —dijo, y aunque él se acercó por si había que darle dos besos, ella le chocó la mano como si fuera un chico más.
—Jordi... voy a pediros un favor.
—Sí, bueno, claro... depende de qué sea.
—Es muy fácil, Jordi, no tienes que hacer prácticamente nada, solo te pido un par de minutos de tu valioso tiempo. Toma, coge mi móvil.
Lo que Carla quería de Jordi era que la grabase mientras bajaba con su tabla de skate por la barandilla del camino, una barandilla que ascendía (o descendía) a lo largo de todo el tramo que llevaba de la base a la cima de la colina.
—Estás como una cabra, te vas a matar.
—Ese es mi objetivo, pero si me mato, espero que, al menos, alguien lo grabe, lo suba a youtube y tenga mi momento de gloria.
—No quiero ser cómplice de esto.
—Vamos, Jordi, no seas tan mojigato. Si lo voy a hacer de todas maneras, además... soy una experta, no voy a matarme.
—No sé...
—¿Venga...? ¿Qué te cuesta? Es solo sujetar el móvil y enfocarme durante unos segundos.
—Venga..., está bien, dame el teléfono.
—¡Genial!
La chica se ajustó la gorra, más por costumbre y manía que por necesidad real, tomó la tabla con una mano, con la naturalidad de un niño que sostiene su peluche preferido, dejó entrar una gran bocanada de aire por sus pulmones, miró al cielo y, sin pensarlo más, brincó con la tabla sobre la barandilla metálica. Tenía un gran equilibrio, el descenso era rápido, hermoso, con una ejecución casi perfecta; pero cuando llegó a la curva, la tabla chocó contra una junta, una soldadura, y la tabla y Carla volaron, rebotaron contra la barandilla y se frenaron contra unos escalones de piedra que pretendían hacer más liviano el ascenso en ese tramo.
—Se ha matado. —Dijo Vicente.
Jordi dejó de grabar y corrió hacia ella, que se retorcía de dolor en el suelo.
—¿Estás bien? —le preguntó Jordi reclinado junto a ella.
—¿Has grabado el vídeo?
—¿Eh? Sí.
—Entonces estoy bien.
—Estás sangrando, deberíamos llevarte al Centro de Salud. Deja que te ayude a levantarte.
—No es nada, Jordi, un par de rasguños.
Le mostró el codo pelado y cerró los ojos y apretó los dientes en señal de dolor.
—Uf, sí que duele.
—Lo siento...Tenía que haber impedido que saltaras. ¿Qué puedo hacer por ti? Deja que te ayude a ir al Centro de Salud.
—Que no... ¿quieres hacer algo por mí?
—Sí, por supuesto.
—Mira... mi madre, cuando me caía, siempre me besaba las heridas y eso me aliviaba mucho. Mi madre ha muerto, y mi padre pasa de mí...
—Lo siento, Carla.
—Deja de decir que lo sientes, no has hecho nada...
—¿Y qué quieres que haga?
—Que me beses la herida, estoy segura que eso me va a aliviar.
—¿Que te bese la herida?
—Sí, no es tan difícil.
—No lo hagas, Jordi, seguro que coges una infección, qué asco. —dijo Vicente.
—Mira, me chuparía la sangre, la saliva es curativa, pero no me llego, nadie puede chuparse el codo.
—¿Ah no? —preguntó Vicente, que de inmediato comenzó a intentar chuparse el codo y comprobó que era imposible.
—¿Tengo que chuparte la sangre? No soy un vampiro.
—Ya... ya lo sé. Solo quiero que me beses la herida, para consolarme.
—Es raro, pero está bien, lo haré.
Carla levantó el codo y Jordi acercó sus labios y la besó, sin ningún asco ni pudor, como la madre que intenta aliviar a su niño dolorido. Luego, separó los labios, la miró y dijo.
—Ya está, ¿te sientes mejor?
Carla rompió en carcajadas, se revolcó por el suelo.
—Lo has hecho, me has besado el codo, estás muy loco.
—Tú me lo has pedido.
—Me quedaba contigo, no pensé que lo harías. Eres amigo del Vampiro, te gusta la sangre.
—Eso sí que no, no me compares con ese tío, no lo aguanto —se levantó Jordi con las mejillas coloradas de vergüenza y furia.
—¿No te cae bien el Vampiro, por qué? —preguntó con cierta sorna.
—¿Bromeas? Está como una cabra. No sé si realmente está loco, o piensa que todos somos gilipollas. No hace más que decir tonterías y, además, está totalmente enamorado de sí mismo.
—Vaya, sí que te cae mal... ya tenemos algo en común, ahora me simpatizas más aún. Ven, ayúdame a levantarme.
Jordi olvidó su timidez y le tendió la mano a Carla. Quien, lo miró con un gesto indescifrable para Jordi, con una sonrisa que podría ser de pena, amistad, o incluso seductora, y, de súbito, lo abrazó. Estuvo unos tres segundos estrechada dulcemente contra él. Jordi olió el perfume natural de su cabello y su cuello, era agradable, ¿esa chica no sudaba? Luego se separaron y, al mirarse, Jordi ya no sentía calor en las mejillas, sino en el pecho.
—Siento haberme reído de ti, eres buen tío. ¿Me devuelves el móvil que vea el vídeo?
—Claro, toma.
—Gracias, esperaré para verlo a estar sola. Podéis seguir vuestro camino, espero no haberte hecho perder tiempo.
—Qué va, ha sido divertido. Ojalá todas mis pérdidas de tiempo fueran así, Carla.
—Bueno, me voy, seguid vosotros vuestro camino, ¿vais a rezar a la ermita o qué?
—No... qué va. Estamos haciendo una investigación, tal vez otro día te lo explique.
—Una investigación, qué misterio... no me digas más. Mantén la tensión. El próximo día me cuentas. Hasta luego, chicos.
—Hasta luego, Carla.
La muchacha bajó el camino sobre la tabla de skate mirando el vídeo en la pantalla de su móvil y riéndose. Parecía una amazona sobre su corcel, con la melena al viento.
Jordi y Vicente llegaron hasta la ermita, que estaba cerrada en ese momento, y otearon el pueblo y sus alrededores. Las vistas eran hermosas, pero no localizaban a ninguna de las viejas que perseguían.
—Tal vez, todo esto sea una locura —musitó Jordi.
—Claro que lo es, así que hay que ponerle cordura— añadió Vicente.
Ya se habían rendido, paseaban por las callecitas de Villamanzanos, cuando vieron a la vieja de los lunares peludos en la barbilla salir de un portal. Se pegaron a la pared para no ser vistos. La anciana lucía esta vez un vestido de rayas rojas, iba pintada como una quinceañera cuyos padres se han marchado de viaje, y cargaba un bolso amarillo grande cual capazo. Además, llevaba algo en la otra mano. Era un perro, un chuchillo, pequeño como caniche, pero sin pedigrí. Lo cogía del pescuezo, con más desprecio que si se tratara de una rata muerta. Lanzó el perro al suelo y lo sujetó de la correa. Cerró el portón con llave y continuó su camino sin reparar en la presencia de los adolescentes. A Vicente le extrañó no haberla visto antes acompañada por aquel perro. Una vez hubo desaparecido la abuela por una esquina, se acercaron los dos a la vivienda de la que había salido. Era una planta baja, similar a la de Vicente. Miraron su nombre en el buzón: Angustias Pérez Sánchez.
—Vaya nombre, Angustias. ¿Quién le pone a su hija un nombre así? Mira que hay nombres feos, pero Angustias. ¿Quién le hace eso a una hija? ¿Alguien muy cruel? —Preguntó Vicente.
—Una madre que ha sufrido lo indecible dando a luz, tal vez.
—Al menos ya sabemos quién es.
—O quién dice ser, Vicente... tú no viste lo que yo vi.
—No, pero escuché cómo forzó la puerta. ¿Qué viejecita de pueblo sabe abrir puertas como un atracador profesional? ¿Qué hacemos?
—Ojalá pudiéramos entrar a espiar, forzar su cerradura como ella forzó la tuya.
—¡Ostras!
—¿Qué pasa? ¿No me digas que sabes abrir cerraduras?
—No, pero... tal vez no sea necesario.
Vicente explicó a Jordi que en el portal contiguo al de la tal Angustias vivía Andrés, un compañero de su grupo de teatro. Lo interesante, no solo era eso, sino que ambas viviendas, aunque tenían entradas independientes, pertenecían al mismo bloque, al mismo edificio y, por tanto, debían de compartir el mismo patio de luz. Esto venía a significar que, tal vez, desde el patio de su amigo, pudieran saltar a la casa de Angustias. Al oírlo, Jordi abrazó a Vicente y se despegó en seguida; olía a sobaco sudado y su cabello desprendía un tufo a grasa y caspa muy desagradable, se había arrepentido de abrazarlo incluso antes de tocarlo, pero es que se sentía realmente agradecido.
El tal Andrés estaba en casa. A Jordi le extrañó la relación de amistad entre los dos, entre Vicente y Andrés. Este último parecía todavía más raro que el primero. Era un retaco, no medía más de metro y medio, además estaba muy gordito y llevaba los pantalones hasta casi las axilas. Soltaba exabruptos constantemente y no dejaba de meterse con Vicente, a quien le decía que tenía que ver esta o aquella otra serie anime, o leer este y no aquel manga, y a pesar de ello, parecía alegrarse de tenerlo en su casa.
Cuando le explicaron que pretendían saltar desde su cocina, que daba al patio de luz, al piso inferior, donde vivía la vieja, Andrés se mostró muy reacio.
—Estáis locos. Ni en broma os voy a dejar hacer eso. Me arrestarían, la vieja esa tiene el genio de un demonio, os fulminará con la mirada si os encuentra dentro y a mí me destripará por haberos dejado entrar. Iremos todos a la cárcel, o al tanatorio, nos matará, pero antes nos torturará y destripará, nos sacará los ojos y los utilizará como abono para sus plantas, se hará un collar con nuestras orejas.
—Ya, ya está bien, Andrés. Escucha, tienes razón. Creemos que esa anciana es un diablo perverso... y vamos a pararle los pies. Pero, para ello, necesitamos tu ayuda. No confesaremos que nos has ayudado aunque nos torture.—Se comprometió Vicente.
—¿En serio? ¿Y si os arranca las uñas de los dedos?
—No hablaremos.
—¿Y si os obliga a comeros un bocadillo con vuestro pelo?
—Tampoco, jamás confesaremos.
—Qué retorcido es tu amigo, ¿no? —dijo Jordi a Vicente. —Mejor que no le dé ideas a la vieja.
—Está bien, entonces, podéis hacerlo. Pero me habéis dado vuestra palabra.
Por fortuna, los padres de Andrés no estaban en casa y su hermano pequeño accedió a guardar el secreto. Jordi y Vicente no podían perder más tiempo. Se subieron al alféizar de la ventana de la cocina que daba al patio de luz.
—Esto está bastante alto, Jordi.
—No es para tanto... dos metros y medio, como mucho.
—Eso es muchísimo.
—En realidad será menos, seguro. Estas casas viejas tienen los techos más bajos, la gente era más pequeña antes.
—¿Podemos matarnos?
—No, Vicente. Pero es muy importante caer bien. Procura caer con las plantas de los pies y, en cuanto toques el suelo, flexiona las rodillas y rueda sobre ti mismo.
—Está bien.... Jordi, creo que no lo voy a poder hacer.
—Claro que sí.
Jordi le dio un empujoncito, no muy fuerte, pero suficiente para desequilibrarlo, Vicente ya no podía echarse atrás, se dejó caer y, antes de llegar al suelo, Jordi fue tras él.
La caída fue limpia, solo Vicente se lastimó algo el codo en la caída. Se miraron y Jordi se apresuró a decir:
—Ni se te ocurra pedirme que te bese el codo o te pateo.
—Vale, vale.
El patio parecía un huerto angosto, repleto de plantas que, sin embargo, no eran decorativas, sino helechos. Jordi tocó algunas de esas hojas, olió alguna de las plantas.
—Qué huerto tan feo, nunca he visto plantas tan mustias y sosas.
—No seas ignorante, Vicente. Estas plantas no están aquí por bonitas. La señora tiene aquí multitud de hierbas, plantas y raíces que tienen uso medicinal. La vieja será una experta en botánica.
—¡Ah! Y también en venenos.
—Posiblemente.
Desde el patio había una ventana abierta que conducía al interior de la vivienda. Treparon por ella y se adentraron en la lúgubre casa sin atreverse a encender ninguna luz.
—¿Ahora qué, Jordi?
—Ahora tenemos que encontrar pruebas.
—¿Pruebas de qué?
—No sé... de lo que sea, de que esa vieja no es quien dice ser.
Utilizando tan solo las luces de sus teléfonos móviles, tantearon el lugar. Se movieron por las diferentes estancias tratando de dar con algún secreto celosamente guardado.
Sin embargo, todo parecía en su lugar, todo muy vetusto y castizo, muy pueblerino y corriente. Hasta había una muñeca de una sevillana sobre el televisor, y una figurita de porcelana de Lladró, una muchacha recogiendo agua de una fuente con un cántaro, y un tapete de encaje de bolillos de Almagro, y una mecedora y una cubertería recargada de plata en un cajón del salón y múltiples joyas de abuela, en su habitación.
Vicente estaba registrando la habitación y Jordi el salón y, al mismo tiempo, encontraron curiosos tesoros.
Jordi, en una estantería, observó que había un gran número de libros recetarios. Eran recetarios de esos que se compran con las páginas en blanco y están pensados para escribir a mano las recetas aprendidas de una vida entre fogones. Hasta ahí, todo normal, pero, entonces, en los lomos, leyó algo que le sorprendió sobremanera, a saber, recetas japonesas, argentinas, cocina india, comida turca, los mejores platos franceses... Leyendo esos nombres, una alerta saltó en los circuitos neuronales de Jordi. Ahí había algo que no encajaba. Era como esos juegos de encontrar la palabra intrusa en listados de un mismo campo semántico como: cazo, sartén, espátula, rodillo, altavoz, olla, cacerola. Pues, de igual manera que Jordi, de inmediato, hubiera visto la palabra intrusa en el anterior listado, también halló qué no funcionaba, por qué esos recetarios no encajaban entre el mobiliario y la decoración castiza.
—¿Qué abuela tradicional, típica, de pueblo, como esta que estamos espiando, tiene en su casa recetas de sushi, burritos, o kebaps?
Así que tomó el recetario de comida japonesa y se disponía a leer cuando apareció a su lado, silencioso como un fantasma, Vicente, con un álbum fotográfico.
—He encontrado las pruebas de que son monstruos.
—¿En serio, a ver?
Abrió el álbum sobre la mesa redonda del salón y mostró a Jordi cómo en ese mismo salón, en torno a esa mesa, la vieja que allí vivía, rodeada por otras tres viejas del pueblo, aparecían en diversas fotografías junto a hombres y mujeres trajeados, con apariencia importante. En otras imágenes más antiguas observó que el marco de la reunión era otro. Le fue señalando Vicente algunas de esas fotos.
—¿Conoces a este?
—Es el presidente de Gobierno actual.
—¿Y este, te suena?
—Es el anterior presidente de Gobierno.
Jordi se calló un momento, cayó una gota sobre el álbum. Observó a Vicente, que le sonreía mientras masticaba una capucha de bolígrafo. Jordi suspiró y siguió pasando hojas, observando imágenes y descubrió que no era solo que conocieran a dos presidentes de Gobierno, es que tenían fotografías con todos los presidentes que había habido, con algunas de sus esposas, con los presidentes del banco de España, con presidentes de clubes de fútbol, directivos y directivas de grandes multinacionales... sacó alguna de las imágenes y en el reverso habían escrito con bolígrafo el nombre de la personalidad que habían recibido en casa y la fecha. Pero había más... tenían imágenes, en blanco y negro, claro, con Franco, con Hitler, con Mussolini...
—Tienen que ser fotomontajes, Jordi.
—Ya... pero no lo parecen. Además, mira, en la solapa del álbum están los negativos. No puede falsearse un negativo con el Photoshop, es un proceso químico.
—Es imposible.
—Lo sé... y lo más inquietante de todo es que mira a las viejas, esta es Angustias, y a esta otra la conozco de verla por el pueblo. Están exactamente igual hoy que hace cincuenta años, iguales en la imagen con el dictador, que en las fotos más recientes. Esas mujeres no envejecen.
—Bueno, viejas ya son, están arrugadas como pasas centenarias.
—Ya pero... tendrían que estar muertas, Vicente... no son humanas, no son normales. Tienes razón, este álbum demuestra que no son humanas. Deberíamos llevar esto a la Policía.
—Sí... que detengan a esos engendros. Yo creo que son shinigamis, de otra manera no se entiende.
—No digas tonterías, Vicente, lees demasiado manga. Pero, estoy pensando... si estas señoras se han reunido con las personas más importantes de España... y con personalidades mundiales ¿no crees que tendrán más relevancia y poder que los policías locales de un pueblecito como Villamanzanos? Quizás no deberías confiar en los policías.
—Es verdad... entonces.... qué hacemos, Jordi... estamos perdidos.
—Espera, vamos a echar un vistazo a esto. También yo he encontrado algo.
—¿Qué es?
—Un libro de recetas.
—¿Y qué tiene de especial?
—Vamos a averiguarlo, tomemos una receta al azar de este libro. A ver, no sé, Explosión de sabores de apio y perdices, el caso es que parece algo normal, ¿no? Mira, mejor vamos a leer esta otra, Almejas con ancas de rana.
Almejas con ancas de rana
Ingredientes (para una ración)
4 almejas con su cáscara
2 ancas de rana
1 pimiento verde
3 tomates
4 gramos de mercurio
1 diente de rata
3 hojas de hierbabuena
Aceite de oliva
Pasos
1º Hervir las almejas y las ancas de rana en un cazo durante 20 minutos, y reservar.
2º Freír los tomates junto al pimiento con aceite durante unos 25 minutos a fuego lento.
3º Desmenuzar el diente de rata en el mortero junto a las hojas de hierbabuena.
4º Hervir el mercurio junto a las ancas y las almejas dos minutos.
5º Sírvanse las almejas y las ancas con el tomate y los pimientos. Espolvorear el diente de rata.
6º Cantar a Astaroth la canción de destrucción con las manos en alto.
Efectos
Quien lo ingiera, pasadas 24 horas, irá al aseo a hecefecar y detectará unas manchas de sangre. Pensará que son almorranas. El dolor persistirá durante dos días. En ese tiempo, la criatura que ha crecido en el intestino de la víctima lo habrá devorado por dentro y el tercer día tendrá una hemorragia anal que lo matará de inmediato.
En caso de entrar en contacto con la mezcla por vía tópica, la diminuta criatura devoradora se desarrollará en las venas y la muerte de la víctima tardará diez días en llegar, aunque será más dolorosa.
Cuando terminaron de leer, Vicente miró a Jordi muy fijamente, con los ojos enrojecidos. Le tembló el labio antes de decir:
—Jordi, esto no es una receta de cocina...
—No, esto son las instrucciones de un envenenamiento satánico.
—Entonces... tal vez lo que le pasó a mi gato, salió de uno de estos libros.
—Posiblemente. Pero apuesto a que no tendrá los mismos efectos en un humano que en un …
Jordi iba a decir “gato”. Vicente lo sabía, pero no necesitó escucharlo, ya no lo dijo porque había algo mucho más urgente y necesario. Un ruido les había dejado sin habla. La puerta de la calle se había abierto y apenas había pasillo. Eso quería decir que la vieja, o lo que quiera que fuese esa cosa, estaba a punto de llegar adonde ellos estaban. Se pusieron muy alterados. Vicente estaba bloqueado, no podían salir, de allí porque solo había una puerta y en ella estaba la vieja, resultaba imposible trepar la pared del patio por el cual habían saltado, así que tenían dos opciones, esconderse, o enfrentarse a ella.
—Vamos, escóndete —susurró Jordi a Vicente.
El señor Roca clavó la mirada en Jordi, se llevó la mano al mentón prominente y lo acarició. Luego abrió la boca. —Está bien, mi respuesta es: mientras yo sea director de este centro, no va a publicarse ninguna revista editada por alumnos. Y muchísimo menos una revista dirigida por ti. —Pero... ¿por qué no? —Mira, Jordi, no tengo por qué darte explicaciones, pero me sobran cinco minutos antes de ir a tomar mi café, así que te lo explicaré de una manera sencilla que puedas entender. He estado en otro centro donde sí había una revista y se pidió a los alumnos que colaboraran y se les dio cierta libertad, el primer número fue bien, pero ya en el segundo se publicó una cantidad de opiniones que suscitaron todo tipo de polémicas. Lo más suave que se publicó fue una clasificación de los alumnos más atractivos, y se censuró, se detuvo antes de llegar a imprimirse, y también una clasificación con los profesores más guapos y más feos, de los más simpáticos, etc. De ahí saqué una lección mu...
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