El señor Roca clavó la mirada en Jordi, se llevó la mano al mentón prominente y lo acarició. Luego abrió la boca.
—Está bien, mi respuesta es: mientras yo sea director de este centro, no va a publicarse ninguna revista editada por alumnos. Y muchísimo menos una revista dirigida por ti.
—Pero... ¿por qué no?
—Mira, Jordi, no tengo por qué darte explicaciones, pero me sobran cinco minutos antes de ir a tomar mi café, así que te lo explicaré de una manera sencilla que puedas entender. He estado en otro centro donde sí había una revista y se pidió a los alumnos que colaboraran y se les dio cierta libertad, el primer número fue bien, pero ya en el segundo se publicó una cantidad de opiniones que suscitaron todo tipo de polémicas. Lo más suave que se publicó fue una clasificación de los alumnos más atractivos, y se censuró, se detuvo antes de llegar a imprimirse, y también una clasificación con los profesores más guapos y más feos, de los más simpáticos, etc. De ahí saqué una lección muy importante. Hay que evitar todo aquello que pueda acarrear problemas y que no sea necesario. Una revista no es necesaria y, sin embargo, trae más problemas que beneficios: tiempo invertido, dinero, y, sobre todo, protestas. ¿O no has recibido tú ninguna protesta, además de esta, sobre los textos que has publicado?
—Bueno, alguna, pero para mí son más los beneficios que los inconvenientes.
—No importa, no eres tú quien debe tomar la decisión. No tienes permiso para publicar, distribuir ni vender ninguna revista en el centro. ¿Queda claro?
—Está bien, lo acepto.
—Eres inteligente, Jordi. Déjate de tonterías y dedica tus esfuerzos a los estudios. Eres un alumno brillante, podrías sacar diez en todo si te esforzaras simplemente al ochenta por ciento de tu capacidad. Esfuérzate al cien por cien y dejarás a todos asombrados. No te desanimes y céntrate en los estudios. Lo que has hecho conlleva una sanción importante, un expediente que quedaría para siempre en tu historial académico... pero como eres un buen alumno, un buen estudiante, he decidido que se va a quedar, simplemente, en un aviso y en un día en el aula de convivencia. Comprende que esto te va a servir para algo, para encontrar tu auténtico camino.
—Está bien, gracias, señor director.
Al salir del despacho Jordi se incorporó a las clases y ya allí su compañero de pupitre le preguntó por el encuentro con el director. Jordi se quedó sorprendido por cómo había volado la noticia, aunque lo comprendió cuando Paula, la reina cotilla, había oído a Saray y Vicente hablar sobre ello, por lo que al instante ya lo sabía medio centro, pues un rumor que llegara a Paula se difundía más rápido que un vídeo viral en youtube o twitter.
En los pasillos, entre una y otra clase, Saray se acercó a Jordi, lo cogió por el codo, muy nerviosa, después le tomó las manos.
—Jordi, dime, qué te ha dicho, qué te ha dicho. ¿Cómo ha ido? ¿Ha ido bien o ha ido mal?
—Pues, no sé qué decirte... muy bien no ha ido.
—Pero ¿qué te ha dicho? Vamos, no me dejes en ascuas, no ves que estoy en un sinvivir. ¿Nos quedamos sin revista?
—Sí, pero no.
—Por favor, Jordi, no me vengas con dialéctica, sé lo más claro posible.
—Está bien... está bien. —Le explicó toda la reunión, resumida en un par de minutos pues el tiempo que tenían hasta entrar a la próxima clase era breve.
—Pero yo a esto no le veo parte buena, Jordi.
—¿A qué te refieres?
—Me habías dicho sí pero no, esperaba que hubiera alguna manera... de seguir con la revista.
—Claro que la hay.
—¿En serio? Pero si ha dicho que mientras él sea director... no me dirás que... ¿no pensarás matarlo?
—No, qué va. Siempre hay resquicios legales. Ha dicho que no puedo distribuirla dentro del instituto, pero sí puedo hacerlo fuera. Sus competencias terminan fuera de las puertas del centro.
—Entonces... ¿sigue habiendo revista?
—Claro que sí. En realidad, he pensado que esto es positivo. A ver, es bueno tener apoyo del centro para los gastos y la facilidad de la venta, pero no tener el apoyo ni la supervisión es todavía mejor.
—¿Por qué?
—Porque ahora ya no hay censura, ¿entiendes? Es nuestra revista y podemos hacer con ella lo que queramos, eso sí, siempre que sea legal. Es como las biografías, son mucho más interesantes las biografías no autorizadas que las que se publican con permiso del personaje famoso.
—Jordi... ¿lees biografías?
—Sí, por supuesto.
—Me preocupas, estás muy mal de la cabeza. De cualquier manera, me alegro mucho de que hayas decidido seguir publicando la revista, eres un tío genial.
En ese instante pasó junto a ellos una compañera de clase de Saray y le tiró del brazo diciendo:
—Vamos a clase, Saray, deja de ligar que se nos hace tarde.
—No... no estamos ligando —protestó Jordi.
—Sí, sí, ya verás como se lo diga a tu novio.
—No hagas ni caso, nos vemos— dijo Saray y se marchó tan feliz.
Jordi se quedó un poco contrariado con las palabras de aquella chica que la acusó de flirtear con Saray, pero decidió no darle importancia. Después, en el patio, sentado, junto a Vicente, valoraron lo sucedido con una lectura positiva:
—Después de todo, Vicente, un periodista es aquel que publica algo que alguien no quiere que publiques. Así, además, no habrá autocensura, pero, te diré más... para ahorrarnos problemas y porque nuestra revista va a ser más ambiciosa, no será una revista que hable del instituto, salvo cosas puntuales, torneos, etc. Será una revista que hable de la ciudad, dirigida a todos los vecinos, ampliaremos nuestro público, será un éxito, verás.
—Sí, estoy convencido.
Pero entonces, Jordi, notó algo de tristeza en las palabras de Vicente, y se acordó de lo egocéntrico que había sido. Con todo este asunto de la entrevista con el director, había olvidado lo relativo al incidente con Calcetines.
—Oye... Vicente, ¿apareció Calcetines?
—No, qué va, no ha vuelto.
—Lo siento... fue muy raro lo que pasó. ¿Y en casa? ¿Cómo se lo tomaron?
—Fatal... no veas qué bronca me cayó. Me acusaron de haber drogado al gato... como si yo tuviera droga, ¿sabes? En mi casa están locos. Me han castigado sin consola un mes.
—Bueno, no te vendrá mal, así te centras en los estudios, que buena falta te hace.
—Bah, siempre me quedarán los mangas.
—Oye... ¿y la investigación? ¿cómo fue en el restaurante chino?
—Pues... —sacó una libretita— anoté todo lo que vi... creo que soy un buen investigador. Además, vi algunas cosas muy sospechosas... que tal vez tú sepas interpretar.
—A ver... resúmeme.
—Bueno, lo primero es que en todo el rato que estuve observando, solo entró una pareja de jóvenes que estuvieron cenando una hora, todas las demás mesas vacías. El repartidor, sin embargo, sí que salía constantemente, aunque yo no sé qué llevaba en la moto, tal vez sean traficantes de droga, por que si no... el negocio no se sostiene.
—Pero eso es pura especulación, Vicente.
—Ya... pero no vi si metían comida en la moto, podrían llevar cualquier cosa.
—Cualquier cosa incluye comida, hay que tenerlo en cuenta y ser prudente. Es raro solo hasta cierto punto.
—Está bien, tienes razón... pero hay más.
—Cuéntame más.
—Pues mira, ¿recuerdas el reportaje que hice de las viejas malvadas del pueblo? Pues he visto a una de ellas entrando al restaurante, justo la vieja en la que centré mi reportaje.
—¿Sí? ¿Y qué hay de raro en eso?
—¿Qué hay de raro? Es rarísimo, inaudito, ¿cuándo has visto a una vieja, sola, en un restaurante chino, o mexicano o turco...? Nunca, Jordi, eso es un fenómeno ovni, lo menos.
—No es para tanto...
—Sí lo es. Además, no compró nada. Entró, estuvo un rato hablando y salió con las manos vacías. Es la misma vieja que vi en la frutería tocando todos los tomates sin guantes y solo se llevaba los más duritos. Iba con su bata azul de flores y su moño tintado de rubio... y salió con una sonrisa malévola coronada con un lunar negro del que crecían dos pelos negros como árboles negros.
—Tal vez entró a pedir algo... un vaso de agua...
—¿A un restaurante chino? Es muy raro.
—Tienes razón, hay algo que no encaja.
—Y todavía hay más...
—Cuéntame más.
—Se me ocurrió entrar... a observar cómo es el lugar por dentro, a tantearlos.
—Vicente, me estás sorprendiendo muchísimo, estás hecho un reportero de primera, qué valiente.
—Gracias, Jordi... pues eso. Entré y yo sí pedí un vaso de agua, del grifo. Me miraron raro, pero me lo dieron. Los observaba, buscaba algún fallo, pero no vi nada... así que, como me miraron raro, les pedí un rollito de primavera para llevar. Y, no te lo vas a creer... me dijeron que no tienen rollitos de primavera, que no les quedaban.
—¡Venga ya!
—Te lo juro... ¿qué restaurante chino se queda sin rollitos de primavera? Sobre todo si no han tenido clientes en todo el día.
—Vale, de acuerdo, Vicente... eso sí es muy muy raro.
—¿Tú qué crees...? ¿Tienes alguna teoría?
—Hay varias ideas que me pasan por la cabeza... pero no quiero aventurarme todavía, necesito más información. Pero, con lo que me has dicho... tal vez sí pueda haber una relación, todo podría tener un sentido.
—¿En serio? Pues ilumíname.
—Es un poco arriesgada y loca la teoría, pero... ¿y si...?
—¿Y si qué?
—¿Y si la vieja quería vengarse de ti por el reportaje que escribiste... y resulta que habló con el chino para que te sirviera comida envenenada? Es mucha casualidad que esa promoción llegara a ti el mismo día, y que el gato se lo comiera todo y se volviera loco. Es una locura... pero, tendría sentido.
—Pero... pero... ¿envenenarme a mí?
—Solo es una teoría.
—Pero si solo escribí un reportaje inofensivo... gracioso, humorístico, tampoco pensaba que las viejas fueran a venir a por mí.
—Vicente, no lo hables con nadie. Sigue investigando y mantenme informado. Pero, tal vez tu reportaje, sin pretenderlo, ha mostrado la superficie de algo más grande, podría ser la punta del iceberg.
—¿Iceberg? ¿Qué iceberg?
—Déjalo, no hablemos de ello de momento, hasta tener más información. Sé cauteloso.
Acabaron las clases y volvían caminando a casa cuando al pasar por la plaza principal de Villamanzanos, la plaza de la fuente de los tres chorros, observaron una multitud concentrada en un mismo punto, junto a dos bancos. Se acercaron de inmediato, una aglomeración en el pueblo suponía, siempre, un acontecimiento, una noticia, en un pueblo tan especialmente tranquilo. Es conveniente precisar también que, en Villamanzanos, una multitud congregada puede significar, como en este caso, quince personas reunidas.
Se abrieron paso Vicente y Jordi y descubrieron que se trataba de la televisión.
Vicente estaba masticando la capucha de un boli rechupeteada y destrozada que llevaba siempre encima. El plástico estaba desmenuzado y ensalivado como el chupete del que un bebé de año y medio no quiere deshacerse por más que lo hayan intentado los padres. Jordi le llamó la atención para que dejara de hacer eso con un manotazo.
—Para ya, Vicente, es asqueroso.
Él paró, pero ni tan siquiera se disculpó por aquel vicio tan interiorizado.
Había un cámara grabando a un reportero que le ponía el micrófono a un viejecito con boina y bastón mientras unos niños se asomaban a su espalda saludando a la televisión.
Los muchachos acercaron la oreja para enterarse de qué sucedía. Era un equipo de la televisión comarcal, que se había desplazado a su localidad por uno de esos eventos que solo aparecen en cadenas locales o en programas de sociedad y curiosidades. El viejecito, Pepe, estaba explicando lo que había visto, había sido uno de los testigos que vieron a la criatura.
Al parecer, según escucharon decir al reportero, al testigo, y les explicaron posteriormente alguno de los vecinos que habían escuchado lo sucedido, una fiera suelta, se desconocía de qué especie, había estado haciendo estragos por los alrededores. Temían de qué se trataba.
La misma noticia, con mayor profundidad, la leyeron el día siguiente en el periódico regional, en las páginas de la comarca. No era casualidad, el mismo redactor que hizo el reportaje televisivo, era quien había escrito la noticia para prensa, pues era este tipo de pluriempleo la única manera de tener un sueldo que rozara el salario mínimo.
Leyeron juntos la espeluznante noticia. Era sábado y Jordi y Vicente se manchaban las manos de tinta leyendo el periódico en un banco del mismo paseo que desembocaba en el instituto y en las lindes del pueblo. Puestos por escrito, los extraños acontecimientos parecían todavía más serios:
Una bestia salvaje siembra el caos y mata a varios animales domésticos en Villamanzanos
Sábado 19 de noviembre de 2016
A.J.
Un animal salvaje ha dejado un reguero de sangre y cadáveres en la pequeña localidad de Villamanzanos. Los vecinos están confusos y consternados porque no recuerdan un episodio así. Los sucesos comenzaron a detectarse esta semana cuando varios vecinos de la localidad encontraron a sus mascotas desmembradas, destripadas y medio devoradas. Uno de los más ancianos de la zona, Pepe, de 89 años, asegura que “Nunca he visto nada igual. Sí que ha habido veces que las zorras, incluso algún lobo, hace mucho, se han acercado al pueblo y han hecho algún destrozo. Pero esta salvajada... No he visto nunca otra igual. No sé qué animal puede haber sido, un tigre lo menos”.
No está claro de qué animal se trata, puesto que ningún vecino asegura haberlo visto con claridad. El animal además de haber atacado a animales de compañía tales como perros y gatos, también ha acabado con las gallinas de dos corrales. Desde el Ayuntamiento se apunta a que necesariamente debe tratarse de algún zorro inusualmente agresivo, tal vez rabioso, puesto que en estos parajes son los únicos animales capaces de hacer algo así. Ante las hipótesis sugeridas por varios villamanzaneros de que se pueda tratar de un tigre o pantera, desde este medio hemos comprobado que ningún circo ni zoológico cercano ha denunciado la desaparición de un animal de estas características.
—Calcetines... —dijo Vicente.
—¿De verdad crees que ha sido él?
—Estoy seguro, Jordi... se volvió loco, se transformó.
—Entonces... deberíamos hacer algo, tendríamos que informar a las autoridades, ¿no crees?
—Es que entonces... lo matarán.
—Ya, pero, a lo mejor está rabioso.
—No, es algo más, mucho más. ¿Qué gato puede matar perros?
—¿Qué narices te metieron en la comida, Vicente?
—No sé, estoy un poco asustado.
—Deberías. Vas a tener que estar atento. Quien quiera que te haya intentado envenenar, puede que vuelva a intentarlo.
—Qué miedo... ayer estuve de nuevo un rato vigilando frente al restaurante chino, ¿sabes? Y otra vez ocurrieron los mismos extraños fenómenos: solo un par de mesas de clientes, la moto que no dejaba de salir con encargos, y una vieja, la misma vieja, que entró cinco minutos y luego salió sin nada.
—Vicente, tenemos que pensar un plan. Hay que averiguar qué sentido tiene esto.
—Esta tarde tenemos consejo de redacción en tu garaje. ¿Se lo contamos a los demás?
—No sé... no estoy seguro de si lo entenderán. Tenemos que pensar en los contenidos del siguiente número de El filo de la navaja y darle forma. Y lo demás... el extraño suceso con tu gato, no sé si confiar en ellos, lo pensaré.
—Vale, confío en ti, lo que decidas bien está, Jordi.
Capítulo 5. La descripción literaria de personas
Rami fue el primero en llegar al Consejo de Redacción del sábado, en el almacén de Jordi. Rami cojeaba un poco al caminar, pero se resistía a llevar muletas. Jordi, al verlo entrar renqueante, quiso preguntarle cómo llevaba la lesión, la más temida en un futbolista, la tríada, pero se mordió la lengua, prefirió no recordarle algo tan doloroso. Le ofreció un refresco de cola y se sentaron en torno a la mesa redonda. Le tendió un periódico deportivo, por si quería ir sacando ideas, y hablaron brevemente sobre los contenidos que podrían aparecer en su sección. Cuando lo tuvieron más o menos claro, se extendió sobre el respaldo y dijo:
—¿Qué hago? ¿Me voy o espero al resto de redactores?
—Espérate, hablaremos de alguna cosa que nos afecta a todos, no solo por secciones.
—Está bien... ¿quién más vendrá?
—Pues Saray, Paula y Vicente.
—Vicente... qué tío más raro, de verdad. Bueno, de casta le viene al galgo.
—¿Qué quieres decir?
—Ayer vi a su abuelo... sabes que vende cupones.
—Sí.
—Bueno, pues iba andando por la calle y vi que se paró y daba unos pasitos en el sitio como si matara cucarachas. Luego siguió caminando y volvió a hacer lo mismo. No entendía por qué hacía eso. Pensé que igual tenía piedrecitas en los zapatos... hasta que me di cuenta de que era una manía suya. El tío se paraba en cada tapa de alcantarilla y daba exactamente seis pisaditas en el suelo. Está majareta, como su nieto. Tienen un zen chiflado que pasa de padres a hijos.
—No digas eso, Rami, que Vicente es buen chaval... Además, se dice gen, no zen.
—Ah... bueno, pues gen... tú eres el listo... y yo no digo que Vicente no sea buen chaval, pero un poco tocado sí que está, reconócelo. Es un tarado.
Jordi lo miró y creyó que no habría manera de hacer cambiar de opinión a Rami. Medía casi 1,80, y eso encorvado y cojeando, tenía el pelo castaño y los ojos claros. El rostro, pese a estar en plena pubertad, era suave y pulido como un jarrón de porcelana china, sin un solo grano, lunar, mancha o imperfección. Las cejas poco pobladas, como pintadas con un pincel mojado en acuarela, la barbilla partida en un culo, en un hoyuelo atractivo, los labios carnosos, la nariz recta y un punto respingona, un rostro totalmente simétrico y viril. Los hombros eran fuertes y anchos, los brazos largos y con unos marcados tríceps que se ocupaba de mostrar remangándose la camiseta y unos abdominales duros como ladrillos que mostraba siempre que había alguna chica mona delante. Como suele decirse, su cuerpo era su templo. La genética fue generosa con él en ese sentido, y además procuraba cuidarse e ir a la última en moda. A Jordi le hubiera gustado ver la imagen de Rami por las mañanas en su espejo, en lugar de su escuálido cuerpo y su rostro normalucho. Se dijo Jordi a sí mismo que Rami, pese a actuar sin maldad, miraba a todos por encima del hombro, estaba convencido de cuál era su ideal, su norma, su estereotipo de cómo debe ser un hombre, y todos cuantos se salían de ese molde que él encarnaba, eran, por tanto, anormales. Imaginó cómo debió de sentirse cuando la lesión lo apartó del deporte, cuando el médico le dijo que estaría casi un año sin hacer deporte y que no podía garantizarle que volviera a jugar al fútbol como antes. Sus esquemas, seguramente, se vinieron abajo. Y así, aunque le parecía un engreído, egocéntrico y superficial, sentía también cierta lástima por él porque, además, era un ignorante en todo lo que no fuera deporte o chicas. Sí, había vida más allá del deporte y las chicas, pero a casi nadie le importaba. Jordi envidiaba a Rami al menos en una de sus áreas de conocimiento, y no era en sus capacidades deportivas.
De cualquier manera, Jordi eligió callarse, no le apetecía enzarzarse en una discusión que no llevaría a ninguna parte. Sonrió y se levantó a por el teléfono para mandar un mensaje y meter prisa a quienes todavía no habían llegado.
Los tres restantes llegaron casi al mismo tiempo, cada uno con su propia excusa. Vicente estaba enganchado viendo un capítulo de Ataque a los titanes, y no pudo salir de casa hasta que terminó; Paula se había entretenido pintándose las uñas con besitos rojos sobre un fondo blanco; y Saray, simplemente, había estado besándose con su novio, el Vampiro, hasta que al fin la dejó marcharse.
Jordi estaba cómodo rodeado por tan variopintos personajes, sin embargo, Rami, se sentía que era el único normal en aquel almacén. Incluso se planteó levantarse y no regresar. Pero recapacitó, le había gustado el reconocimiento obtenido con la anterior revista, además, había conseguido que todos los deportistas del instituto lo buscaran para hablarle de sus eventos o resultados.
La reunión avanzó muy despacio, porque había constantes rifirrafes entre Rami y Paula, Saray y Paula, Vicente y Paula y hasta Jordi y Paula, pero, como, finalmente, todos iban en una misma dirección y estaban interesados en que la revista saliera adelante, cerraron los contenidos sobre el borrador en papel de la revista, cuyo segundo número tendría 16 páginas y más contenidos generales. Además, como casi todos tenían prisa, las discusiones fueron más breves de lo habitual.
Al despedirse, Saray y Jordi se quedaron hablando a solas. Saray, sobre todo, criticaba a sus compañeros de revista, encarecidamente a Rami, que le parecía un narcisista, y a Paula, de quien decía que era más cotilla que una portera.
—Pero, Jordi, tampoco quiero seguir contándote cosas que ya sabes... me siento una criticona, soy peor que Paula.
—No, eso nunca.
—Ya lo sé, es verdad. Oye, ¿qué haces esta tarde?
—Pues tengo que decidirme entre dos opciones muy interesantes.
—¿En serio?
—Sí, no sé si estudiar primero y jugar a la Play Station después, o hacerlo al revés.
—Guau, qué superinteresante.
—¿Tienes alguna alternativa mejor?
—Sí... he quedado con unos amigos debajo del puente de la cabra.
—¿Y qué hacéis allí?
—Lo típico, escuchar música, hablar, pintar grafitis... ¿Vienes?
—No sé, plantarme allí solo, de acoplado. No conozco a nadie.
—Me conoces a mí, y también a más gente, casi todos son del instituto. Y si no quieres ir solo, puedes decirle al Vicente Romaguera que venga, es un pesado, pero no es mal crío. Venid, porfa.
—No sé... me lo pensaré.
— “Me lo pensaré”, “Me lo pensaré”. No, de eso nada. Esa respuesta significa que no vendrás. El director de una revista necesita socializarse más, Jordi, y un adolescente, también. Vente, porfa... lo pasarás bien. —Lo tomó por los brazos, lo acarició y le guiñó un ojo.
—Está bien... está bien, iré. A ti no puedo decirte que no.
—Pues me voy ya. Te espero, cámbiate y vamos juntos.
—¿Cambiarme?
—¿Es que vas a ir así?
—¿Qué le pasa a mi ropa?
—Que si te presentas allí con ese polo del cocodrilo, los pantalones de pinza y los zapatos... te apedrean.
—¿Y qué hago? Yo visto así... normalmente. Además, si ya me conocen, no voy a ir con una gorra para atrás y una camiseta de baloncesto, me sentiría disfrazado.
—Llévame a tu habitación.
—¿Qué...?
—Llévame a tu habitación, me enseñas la ropa que tienes y te ayudo.
—Oye, que sé vestirme solo. Hace ya mucho que mi madre no me elige la ropa.
—No estoy yo tan segura de eso.
A Saray era muy difícil llevarle la contraria, especialmente cuando uno está secretamente enamorado de ella, como le sucedía a Jordi, o no tan secretamente. Así que se metió en su habitación, abrió el armario y repasó toda su ropa, y cuando ya lo había visto todo, le mostró una sonrisa picarona y le preguntó.
—Bueno, qué, ¿vas a cambiarte delante de mí o no?
—Saray... ¿no tienes novio?
—Que es broma, tonto. Me salgo de la habitación y ponte lo que te he elegido, lo pasaremos bien.
Jordi se sentía rarísimo. Llevaba los deportivos con los que hacía educación física, un vaquero viejo y desgastado, un jersey de su hermano que le estaba enorme y la chaqueta del chándal.
—Parezco un indigente. —Repitió Jordi por enésima vez.
—Mejor eso que parecer un concejal del PP, —respondió Saray divertida.
Él, unos pasos atrás de Saray, que le iba guiando, se fijó en su figura. Era bajita, y tenía los gemelos anchos, las piernas cortas y fuertes, y meneaba los bracitos con alegría. Caminaba sobre unas Converse y vestía una pomposa falda de encaje combinada con una camiseta negra de tirantes y un chaquetón de tipo militar. Y, sin embargo, le parecía que desprendía un atractivo irresistible.
Debajo del puente había unos quince chicos y chicas. A algunos los conocía del instituto, a otros no los había visto jamás por el centro, pero los conocía de vista, de cualquier manera, eran el tipo de jóvenes con quienes jamás se relacionaba. Eran, en buena parte, los que se fugaban las clases, eran expulsados, o incluso llegaban con los ojos sospechosamente rojos. Le presentó a quienes no conocía y, para su sorpresa, quien más efusivo fue con él era el Vampiro, el novio de Saray. Se sentaron juntos y comenzó a contarle todo tipo cosas. El chico no dejaba de hablar. Era altísimo y muy tocón. Lo tomaba del hombro, le daba puñetazos “cariñosos” que dolían como coces de una mula, y se acercaba tanto cuando hablaba que Jordi le veía hasta los pelos de la nariz. Aunque Jordi no quería preguntarle nada, por educación, terminó haciéndolo, y el Vampiro se puso a hablar sin parar sobre sí mismo, estaba más enamorado de él que de Saray, eso saltaba a la vista. Pero lo que dejó sin aliento a Jordi, es que, de verdad, se creía un vampiro.
—Esta es mi segunda reencarnación. Nací en la Edad Media, viví doscientos años y me quemaron. Después me reencarné en un ladrón en el Renacimiento. Vivía en Toledo y tuve que largarme, porque la Inquisición estuvo a punto de atraparme. La más dolorosa fue mi primera muerte. No imaginas cómo es morir abrasado por las llamas, notar cómo se te deshace la piel y sentir que tu estómago, tus pulmones, tu lengua, han prendido fuego. Todavía latía mi corazón cuando las llamas llegaron a mi cerebro. En mi segunda reencarnación sobreviví muchas veces a la muerte... me dispararon, acuchillaron... y después, morí de la forma más absurda. En un accidente de tráfico. Me estampé contra un árbol y una rama me cercenó la cabeza. Eso no dolió, fue instantáneo.
Jordi estaba atónito escuchando aquellas locuras y se preguntaba qué podía haber visto Saray en semejante pirado. Se mordió la lengua para no poner en evidencia al tipo ni hacer notar las múltiples incoherencias, sobre todo históricas, y por supuesto también científicas, que iban apareciendo a lo largo de su relato. Se callaba, más que por respeto a Saray (le hubiera gustado desenmascarar al imbécil ante sus acólitos), por miedo a cómo pudiera haber reaccionado, Jordi, desde luego, tenía todas las de perder.
No solo le incomodaron las locuras que contaba el Vampiro y lo mucho que se acercaba a él, sino que cada vez le asustaba más la posibilidad de que apareciera la Policía y le trincaran también a él por alguno de los delitos que los allí presentes estaban cometiendo, tales como beber alcohol siendo menores y además en un espacio público, hacer pintadas en el puente, fumar sustancias ilegales... Sin embargo, lo que desencadenó que decidiera marcharse de allí, fue cuando el Vampiro se levantó, alzó en pulso a Saray sacándola de una conversación con un par de chicas, la abrazó y comenzó a besarla como si la fuera a dejar sin sangre y sin aire, manoseándole las nalgas por debajo del vestido y sin ningún reparo en hacerlo delante de toda aquella gente, sino, más bien, orgulloso de que vieran cómo de viril era él. Una de las chicas, que llevaba una gorra calada hasta las cejas y mascaba chicle mientras se dibujaba con edding una calavera sonriente en el pantalón, miró de reojo, luego se dirigió a Jordi y dijo:
—Qué tío más cerdo... no sabes el asco que me da.
Jordi asintió con la cabeza y pensó que tenía toda la razón. Se le había revuelto el estómago, no podía seguir allí, pues además ahora el Vampiro había tirado a Saray al suelo y estaba dando todo un espectáculo.
Así que se marchó, él solo, por donde había venido, haciendo un gesto con la mano a aquellos que siempre lo habían mirado como un empollón y que esa tarde, después de todo, lo habían tratado como uno más.
Iba pensando Jordi en lo tonto que había sido por ir allí, planteándose si podría cambiar algo en su forma de ser para atraer a Saray... con la ropa, ya había visto que no era suficiente. Debería inventarse algún rollo interesante, como el Vampiro ese, tal vez decir que es un Demonio... Saray estaba un poco loca, tenía que estarlo para estar con ese Vampiro, pero le gustaba tanto, olía tan bien, lo pasaba tan genial a su lado...
Justo entraba por el pueblo Jordi cuando le llegó al móvil un mensaje de Vicente. Otra vez en tono alarmista, era un mensaje de texto.
“Corre, ven a mi casa. Llama a la Policía. Rápido. Alguien ha entrado, estoy escondido en el armario del desván.”
Vicente era un chico muy peculiar, pero algo le diferenciaba del Vampiro, por más que lo tomaran por exagerado y fantasioso y plasta, sabía diferenciar la realidad de la ficción o la alucinación, y de eso le había dado múltiples muestras a Jordi. Así que, con el corazón a mil, olvidando las dolorosas imágenes de Saray besándose con el Vampiro, corrió hacia su casa mientras marcaba el teléfono de la Policía. Estaba muy nervioso, sintió incluso un retortijón fruto de la tensión, algo grave sucedía.
Estaba ya muy cerca de casa de Vicente, no tardó ni dos minutos y, nada más colgar el teléfono a los agentes, se plantó frente al portal de su amigo y, en efecto, la puerta estaba abierta. ¿Qué debía hacer? ¿Esperaba a la Policía?
Entró, muy sigiloso, había ruidos, alguien estaba allí. Jordi identificó uno de los dos bastones del abuelo de Vicente y lo cogió como si fuera una espada, con las dos manos, como había visto hacer a los samurais. Avanzó por la casa oscura y gritó:
—¡Voy armado! ¡La Policía está avisada! ¡Es mejor que te entregues!
Escuchó unos pasos secos, rápidos, veloces como la muerte, que avanzaron hacia él, gélidos como un viento polar, se le cortó la respiración y se encontró, cara a cara, con aquella criatura que jadeaba y emitió un grito gutural, animal, sobrenatural, demoniaco. Él reaccionó, gritó y lanzó palos al aire y aquel ser antropomorfo al que solo observó unos instantes corrió esquivando el bastón y con una agilidad felina botó sobre su cuerpo, lo pisoteó y se marchó por la puerta en solo unos segundos. Jordi, en el suelo, se levantó llorando de pánico, temblando. Jordi se limpió las lágrimas, todavía nervioso, y llamó a su amigo:
—¿Vicente? ¿Vicente, estás ahí? ¿Estás vivo? Soy Jordi... ya se ha ido esa cosa. No hay peligro, sal de tu escondite.
Vicente se asomó por la puerta y, al comprobar que era su amigo, corrió a él y lo abrazó. Vicente olía a sudor, a miedo, su ropa estaba húmeda y él muy caliente, le daba calor y también Jordi comenzó a transpirar, las gotas recorrían su espalda y empapaban el jersey de su hermano mayor. Se sintió, precisamente, que ejercía de hermano mayor cuidando de su amigo.
—Ya está, ya ha pasado.
Minutos después, estaba en la jefatura de Policía. Allí los agentes trataron de tranquilizarlos, les dieron agua fresca y hasta algo de comer, que Vicente zampó como si viniera de una semana en el desierto. Ya calmados, ambos prestaron declaración, y a pesar de su incredulidad, el agente encargado del caso anotó esta descripción, siendo fiel a las palabras de Jordi:
Era humanoide, pero no humano. El ser parecía algo salvaje y siniestro, agazapado, con las piernas abiertas y las zarpas en alto. Era un ente menudo, más pequeño que yo. Aunque la luz era poca, sus ojos brillaban como luces de emergencia en una carretera de noche. El pelo era una maraña que se movía por sí misma, me recordó a las imágenes de Medusa con serpientes en la cabeza con vida propia. Se acercó unos pasos y la luz iluminó a esa horripilante cosa. La frente era pequeña y hundida en el cráneo, toda la cara estaba arrugada y ennegrecida. Los ojos rojos carecían de pupilas, la nariz ancha como de toro bravo, rezumando vaho. La boca abierta salivaba, jadeaba y mostraba unos desordenados y separados dientes largos como dedos. La boca era grande, gigantesca, un tiburón no tiene mayores fauces, pues la mandíbula se abría y desencajaba hasta la mitad del pecho y de la barbilla emergían unos pelos negros y gruesos como raíces. El cuerpo chepado era delgado y, sin embargo, fuerte y musculoso. Los hombros altos, los brazos largos, velludos, venosos, culminando en manos largas de dedos sin carne, puntiagudos, como zarpas. Las piernas abiertas, ancas de rana gigante listas para saltar. Y, lo más extraño, es que aquella siniestra criatura, iba enfundada en una bata azul, un vestido estampado de mujer, de señora mayor, colgaba un bolso de uno de sus hombros. Es como si un engendro salido de las entrañas del infierno hubiera devorado a una vieja y se hubiera enfundado su ropa, y hasta su collar y sus pendientes, y después me atacó, me pasó por encima con la agilidad de una araña, y se perdió por las callejuelas del pueblo.
Vicente vivía junto a su abuelo y su madre en la planta baja de un edificio de tres alturas. Jordi tocó al timbre, que reproducía una melodía que parecía sacada de una caja de música, y a los pocos segundos su amigo abrió la puerta. A quienes entraban por primera vez a aquella casa les sorprendía la decoración, el tipo de mobiliario, más propio de una casa de veraneo que de un hogar habitual. Los muebles eran de pino y de mimbre y la decoración castiza sorprendía incluso a los más conservadores. Pero Jordi había estado allí cientos de veces, años atrás se había escondido tras aquellos muebles, o incluso dentro de ellos, jugando al escondite o a los detectives, así que no le sorprendió la decoración en ese que sentía como uno de los espacios de su niñez, sino, precisamente, el desorden que en ella había. —¿Qué ha pasado aquí, Vicente? —Mi gato... algo muy raro le ha pasado a mi gato. Vicente le explicó que su gato, Calcetines (a quien llamaban así por tener el pelaje gris salvo en ...
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