Jordi, en muchos aspectos, se consideraba un romántico, especialmente en todo lo referido a las tecnologías. Claro que le gustaban las videoconsolas, los ordenadores y sabía utilizar todo nuevo avance, gracias a ellos había sabido editar con ciertos parámetros de calidad el primer número de El filo de la navaja, sin embargo, trataba de reivindicar y utilizar conscientemente los “viejos avances”, las tecnologías obsoletas que él seguía considerando de gran utilidad. En concreto, esta vez, como tantas otras en que deseaba contar algo importante o extenso, hizo uso del teléfono. Pocos de su edad tomaban el teléfono fijo de casa y llamaban a otra casa y preguntaban:
—Hola, buenas tardes, soy Jordi, ¿puede ponerse Saray?
Así lo hizo él y la madre de Saray hasta se extrañó de aquel gesto tan educado. Y, algo desorientada, fue a buscar a su hija y la avisó. Jordi, mientras conversaba por teléfono con Saray, tenía delante de sí el ordenador con la pantalla partida en dos ventanas. En una tenía el navegador con el correo electrónico que le había enviado el director del instituto y que se disponía a reenviar a su redactora preferida; en la otra, esto jamás lo admitiría Jordi ni ante un tribunal militar, tenía abierta la cuenta de twitter de Saray y miraba no solo sus comentarios, sino algunas de sus fotografías. Maximizó la imagen de su perfil, la veía realmente preciosa. La chica no era una de esas niñas que podrían desfilar en la pasarela de Milán o París, pero tenía una belleza natural que se desprendía de su simpatía y energía arrolladoras. En la imagen ella aparecía en primer plano, con el flequillo rizado en la frente y el cabello suelto ondulado cerrando los márgenes de la imagen. Tenía los labios carnosos entornados, una media sonrisa seductora, los ojos pintados debajo de las gafas de pasta y el cuello cerrado con el inicio de lo que Jordi sabía que era un vestido japonés que le favorecía muchísimo.
Mientras hablaba con ella por teléfono, el estómago se le encogía porque la imaginaba así de seductora, y que lo miraba con aquellos ojillos vivarachos, vestida de oriental como en la foto, sin importarle que la realidad pudiera ser que la chica, mientras conversaban, estuviera en batín, sin pintar, despeinada o con una cola mal “averiguada”, o incluso sacándose un moco o limpiándose la cera de los oídos. Jordi ni se planteaba que una chica hermosa pudiera tener cera en los oídos o mocos en las fosas nasales, eso era inconcebible. Y, por realista que fuera para casi todo, hablaba ahora con aquella imagen idealizada de Saray.
—Estoy un poco preocupado, Saray... bueno, estoy bastante preocupado. Creo que nos hemos metido en un buen lío.
—¿Por qué dices eso?
—Me ha llegado una carta del director del instituto... me ha citado para hablar mañana con él, pero ya me ha adelantado que hemos cometido diversas infracciones al publicar la revista.
—¿Y eso por qué, Jordi?
—Sobre todo, porque no habíamos pedido permiso antes de publicarla.
—Jordi, pero eso tú ya lo sabías. No quisiste pedir permiso, porque temías que no te lo dieran.
—Ya... pero ahora creo que me he metido en un problema, yo soy el director y el responsable. Podrían expulsarme.
—No digas eso, tú hazte el tonto, di que no sabías que había que pedir permiso.
—Saray, el desconocimiento de una norma no exime de su cumplimiento.
—¿Qué?
—Imagina que matas a alguien y luego vas y le dices al juez que no sabías que estaba prohibido matar, pues irás a la cárcel igual.
—Pero tú no has matado a nadie, Jordi. No creo que esto sea para tanto. Hazte el tonto, eres un alumno brillante, todos los profes te ponen como ejemplo... seguro que serán benévolos contigo.
—No sé... el tono de la carta me ha asustado bastante.
—Espera un momento.
Estuvo allí un rato Jordi en silencio, con el auricular pegado a su rostro, no con fuerza, sino con cariño y afecto, como si ese aparato fuera una extensión del rostro de Saray, a quien imaginaba pegada a él, susurrando a su oído. La escuchaba respirar, seguía allí, pero no le hablaba, ¿por qué?
—Ya, perdona, Jordi.
—No hay problema. ¿Qué pasaba?
—Nada... mi novio, que me estaba mandando mensajes al móvil.
—¿Quién, el Vampiro?
—Sí, no tengo otro novio. Con uno me basta. Es un poco empalagoso, ¿sabes? Lo quiero mucho, pero no me deja respirar, no sé si se puede querer demasiado, más de la cuenta, pero ese sería su caso, lo tengo encima todo el día. Y no debería quejarme de eso, ya lo sé, ni creo que a ti te interese, pero mira, soy así de espontánea, lo siento.
Mientras ella hablaba, Jordi comenzó a mirar las fotografías del perfil de Saray en donde aparecía con su novio, el Vampiro. En algunas aparecían abrazados, en otras se besaban, y en alguna se veía él solo, haciendo poses con el torso descubierto, o en primer plano mordiéndose los carrillos. ¿Cómo puede gustarle este pirado? Se preguntaba Jordi. El muchacho, el Vampiro, tenía ya 18 años, medía casi 1,90, su pelo negro y liso caía sobre sus hombros y llevaba una barba espesa y puntiaguda. Además estaba tan extremamente delgado que le tenía un aire a algunas imágenes de Semana Santa de Jesucristo crucificado. Jordi nunca supo cuál era su auténtico nombre, todos, sobre todo él mismo, lo llamaban el Vampiro. Pasó aquellas fotos con repulsión y, de nuevo, dejó abierta una en la que aparecía Saray, en una autofoto, o selfie, que se había tomado con el teléfono móvil tumbada en la cama.
—No te preocupes, puedes contarme lo que quieras, no me molesta, Saray, me gusta hablar contigo.
—Gracias, qué majo eres, Jordi. Pues oye, no te preocupes por lo del dire. Verás como no es para tanto, ¿qué tal si me lees el mail que te ha enviado?
—Puedes leerlo tú misma, te lo acabo de reenviar por correo electrónico.
—¿En serio? Está bien, voy a echarle un ojo.
A la atención de Jordi Fernández Sánchez, alumno del IES Villamanzanos y director de El filo de la navaja,
Como director del IES Villamanzanos, me dirijo a usted para informarle de que ha infringido el artículo 33 del reglamento de régimen interno del instituto en que usted se encuentra matriculado, al haber distribuido y vendido entre los alumnos del centro, sin haber pedido ni obtenido permiso, una revista de carácter independiente, que lleva como nombre de cabecera El filo de la navaja.
La distribución y venta de la citada revista, tal y como nos han informado varios testigos, se ha producido en el interior de este centro educativo. Lucrarse con una actividad de este tipo, sin haber obtenido además los correspondientes permisos, supone una falta grave.
Por estos motivos, le emplazo a que mañana viernes, a primera hora, visite mi despacho, a ser posible, acompañado por sus padres, a quienes hemos intentado localizar sin éxito telefónicamente, para explicarle las medidas que tomaremos ante tan grave infracción y tomar decisiones sobre su futuro.
Atentamente,
Alberto Roca Gris, director del IES Villamanzanos
jueves 17 de noviembre de 2016
—Ya he terminado de leerlo, Jordi.
—¿Y qué?
—No te preocupes, no es para tanto...
—¿Cómo que no? Imagínate cómo estarías si esta carta te hubiera llegado a ti. Se me va a caer el pelo.
—Vale, tienes razón, sí es como para preocuparse un poquito... el director, además, da bastante miedito.
—Jo, ya ves... Estoy muerto.
—No, venga, ya verás como no es para tanto. Es la primera vez que vas a visitar el despacho del director, ¿verdad?
—Sí.
—Pues no tengas miedo, no te tiene fichado... solo querrá asustarte y asegurarte de que no lo haces más.
—Pero, Saray... no quiero que...
…
—¿Qué, Jordi, qué es lo que no quieres?
—Espera, es que me están mandando mensajes al móvil.
—Ah, bueno... ¿y eso es más importante que yo?
—No, qué va... en absoluto.
—¿Ah no? ¿Quién es? ¿Tu novia?
—No, ¿qué? ¿cómo va a ser mi novia? Qué más quisiera yo.
…
—Jordi, estoy aquí, tengo mejores cosas que hacer que no hablar con nadie. Mi novio me está insistiendo para que vaya a verlo, pero lo he dicho que tengo una llamada importante, así que no me tengas hablando sola.
—Sí, perdona. Es el pesado de Vicente.
—¿Qué le pasa?
—Yo qué sé. Está emparanoiado. Dice que llame a la policía, que necesita ayuda en su casa.
—¿Y eso? ¿Qué le pasa? ¿Han entrado a robar en su casa?
—No, qué va. Está un poco loco, y, además, si es tan urgente no sé por qué no llama él mismo a la poli y deja de darme la tabarra.
—¿Pero qué le ha pasado?
—Dice que es por su gato... que se ha vuelto loco. No sé, luego le llamo y que me lo cuente. Ahora está histérico, eso se nota hasta en los mensajes de texto. No para de ponerme emoticonos de caras gritando.
—Es un poco peculiar Vicente.
—Ya, pero escribió un buen reportaje... Y, retomando lo que me decías, no quiero que este sea el primer y último número de la revista, y me temo que es eso lo que pretende el Hombre Roca (así es como llamaban al director, Alberto Roca Gris, jugando con su nombre y su aspecto, pues el tipo era alto y corpulento como una montaña).
—Entonces tendrás que pensar un “plan B”.
—¿Sabes qué...? Voy a leerme el reglamento de régimen interno del instituto. Voy a buscar si está por Internet.
—¿Y eso para qué?
—Quiero ir un paso por delante del director y buscar algún resquicio “legal” que me permita seguir publicando la revista.
—Ánimo, confío en ti, eres un lumbreras. Si alguien puede sacar esta revista adelante eres tú, Jordi, tal vez seas el chico más listo del instituto.
—Gracias, no sabes cuánto significa oír eso de ti.
—Sí que lo sé. Soy la chica más lista del instituto, soy mucho más inteligente que tú, y por eso valoras tanto lo que digo.
Jordi se rio, el rubor de sus mejillas bajó un tono.
—Bueno, bueno, ¿y si eres tan inteligente por qué no me has superado este año en ningún examen?
—Te equivocas, en Matemáticas saqué dos décimas más en el primer examen, y, como puedes comprobar, además tengo más memoria que tú.
—Está bien... lo que tú digas.
—Bueno, voy a salir a ver a mi novio, que está desesperado por verme.
—Gracias, Saray, por darme ánimos. Nos vemos mañana.
Y nada más colgar el teléfono, sonó de nuevo el aparato y escuchó la jadeante y angustiada voz de de Vicente.
—Por fin, Jordi. ¡Te necesito! Ven aquí, rápido, esto es horrible, es asqueroso.
—¿Pero qué ha pasado?
—Es mi gato... se ha vuelto loco, se ha transformado, esto es un infierno. Cuando venga mi madre me va a matar.
—Pero, ¿qué ha pasado?
—Por favor, Jordi... ven rápido, no sé explicarte... tienes que verlo.
Jordi no estaba nada convencido de que ir a verlo fuera una buena idea, pero actuó sin apenas pensar. Nunca fue de los que le dan la espalda a un amigo, por mucho que ese amigo pudiera ser un tío raro, un pesado, o un exagerado. En esta ocasión, de cualquier manera, Vicente no estaba exagerando, tal vez incluso se había quedado corto en la dimensión del asunto.
El señor Roca clavó la mirada en Jordi, se llevó la mano al mentón prominente y lo acarició. Luego abrió la boca. —Está bien, mi respuesta es: mientras yo sea director de este centro, no va a publicarse ninguna revista editada por alumnos. Y muchísimo menos una revista dirigida por ti. —Pero... ¿por qué no? —Mira, Jordi, no tengo por qué darte explicaciones, pero me sobran cinco minutos antes de ir a tomar mi café, así que te lo explicaré de una manera sencilla que puedas entender. He estado en otro centro donde sí había una revista y se pidió a los alumnos que colaboraran y se les dio cierta libertad, el primer número fue bien, pero ya en el segundo se publicó una cantidad de opiniones que suscitaron todo tipo de polémicas. Lo más suave que se publicó fue una clasificación de los alumnos más atractivos, y se censuró, se detuvo antes de llegar a imprimirse, y también una clasificación con los profesores más guapos y más feos, de los más simpáticos, etc. De ahí saqué una lección mu...
Comments
Post a Comment