Vicente vivía junto a su abuelo y su madre en la planta baja de un edificio de tres alturas. Jordi tocó al timbre, que reproducía una melodía que parecía sacada de una caja de música, y a los pocos segundos su amigo abrió la puerta.
A quienes entraban por primera vez a aquella casa les sorprendía la decoración, el tipo de mobiliario, más propio de una casa de veraneo que de un hogar habitual. Los muebles eran de pino y de mimbre y la decoración castiza sorprendía incluso a los más conservadores. Pero Jordi había estado allí cientos de veces, años atrás se había escondido tras aquellos muebles, o incluso dentro de ellos, jugando al escondite o a los detectives, así que no le sorprendió la decoración en ese que sentía como uno de los espacios de su niñez, sino, precisamente, el desorden que en ella había.
—¿Qué ha pasado aquí, Vicente?
—Mi gato... algo muy raro le ha pasado a mi gato.
Vicente le explicó que su gato, Calcetines (a quien llamaban así por tener el pelaje gris salvo en las patas, que era blanco), comenzó a convulsionar y se escondió detrás del mueble de la tele a maullar como si lo estuvieran matando. Entonces Vicente movió el mueble y lo acarició para intentar calmarlo y, al hacerlo, se quedó con una bola de pelo en la mano. Luego el gato le lanzó una zarpa, más para alejarlo que para lastimarlo, y se arrastró por el suelo como una babosa. En su camino dejaba un rastro de pelo y cuando llegó al pasillo estaba ya completamente calvo. Entonces, en el pasillo, se alzó sobre dos patas y su cuerpo, su tórax, parecía transformarse. Se lanzó contra las paredes y Vicente, que estaba solo, no podía dejar de gritar.
—¡Calcetines! ¿Qué te pasa? ¡Detente!
Ya no parecía un gato, sino un monstruo, un mutante, se desencajaban las extremidades, tiró al suelo el mueble de la entrada, clavó las zarpas en la pared y trepó por ella, destrozó un cuadro con un paisaje de la Torre del oro, Vicente trató de calmarlo, y el bicho huyó de él, evitando lastimarlo, como si todavía una parte de él lo reconociera. Fue a la cocina, arrasó con la despensa, comió y destrozó cuanto encontró y, finalmente, Vicente lo amenazó con el palo de la escoba, llorando:
—¡Calcetines! Cálmate, no quiero hacerte daño...
Destrozó el cristal de la ventana y huyó. Durante toda esta escena, que duró varios minutos, Vicente estuvo mandando mensajes a Jordi en los que le solicitó ayuda y, finalmente, ya sin el gato, logró hablar por teléfono con su amigo que, al fin, había acudido en su ayuda.
Jordi le ayudó a arreglar el lugar. Hubiera dudado de la historia, que resultaba de lo más variopinta, inverosímil y estrafalaria, y además su amigo tenía fama de inventar o exagerar historias; pero había marcas de zarpas y pelos por doquier. O se había colado un tigre en casa de Vicente, o tenía que decir la verdad.
Tras levantar un mueble del suelo y tirar una vajilla a la basura, Jordi le pidió que le contara paso por paso qué había hecho desde que llegó a su casa. El director de El filo de la navaja escuchó atento, como un buen investigador, y preguntó por cada detalle. Y cuando descubrió de qué se trataba, no dijo nada, solo asintió y sonrió. Cuando, finalmente, Vicente terminó la reconstrucción de los hechos, Jordi sentenció:
—Ha sido la comida china. Estaba envenenada, había algo en ella que ha vuelto loco a tu gato. Tal vez un virus, una bacteria, o un arma biológica.
—¿Qué? ¿Cómo va a ser la comida china?
—A ver... Vicente. Dices que cuando llegaste a casa, a las cuatro y media, después de los ensayos del grupo de teatro del instituto, descubriste en el buzón el cupón de regalo del restaurante chino. Pediste la comida, tallarines, te lo trajeron en seguida, lo calentaste y lo preparaste en la mesa y cuando fuiste a calentar el cocido que tu madre te había dejado en la nevera, porque no te bastaba solo con los tallarines ni solo con el cocido, el gato saltó a la mesa y se comió los tallarines, sin dejar uno solo. Y dices que nunca había hecho algo así. Algo olió el animal en la comida que lo lanzó a comérsela como un loco, y algo tenía ese plato que lo transformó. Tuvo que ser la comida china.
—Pero... ¿por qué iban a hacer algo así? Además, no sería solo mi comida, le habría pasado a más personas, hubiera salido en las noticias.
—Todavía no tengo todas las respuestas, Vicente... Tengo alguna teoría, pero nada en qué sustentarlas. Mira, ese restaurante chino me ha dado siempre mala espina. He estado en muchos restaurantes chinos, y me encantan, pero ese en concreto, es raro y sospechoso: lleva muchos años abierto, desde antes de que yo naciera, y por lo que sé nunca ha tenido muchos clientes. Sin embargo, permanece abierto. Si te fijas nunca hay más de dos o tres mesas ocupadas. Con eso un restaurante no puede sostenerse. Tengo un nuevo encargo para ti, una nueva investigación. Debes coger una libreta, una cámara de fotos, apostarte junto al restaurante y observar todos los movimientos que en él se producen. Es muy importante que no llames la atención.
—¿Y mi gato?
—Dalo por muerto.
—Pero yo lo quería mucho... es mi mascota.
—Está bien, está bien... lo buscaré. Daré con él, o lo que quede de él.
—Gracias, Jordi, gracias, gracias por todo.
Se dividieron en ese mismo momento y Jordi creyó que sería muy difícil seguir el rastro del gato. Había dado su palabra a Vicente para tranquilizarlo, no porque tuviera esperanzas reales. Salió a la calle, junto a la ventana había cristales y sangre. Siguió el rastro por los callejones estrechos del pueblecito enclavado en un valle. La sangre desapareció, pero el rastro seguía allí: papeleras rotas, basura, una rata descabezada, un buzón de Correos arañado...
Los indicios del paso del felino llevaron a Jordi a la salida del pueblo, a la carretera que trepaba por las colinas hacia el paraje natural que enmarcaba Villamanzanos. Jordi miró su reloj, era tarde, pronto anochecería... no podía seguir adelante solo, sin luz, le resultaría imposible encontrar allí al gato. Además, tal vez diera con algún otro animal más peligroso que Calcetines, y no podía olvidar que todavía tenía que preparar su entrevista con el director del instituto y hacer las tareas del día siguiente. Regresó a casa con un paso lento, en una cadencia meditativa, cavilando teorías sobre la transformación del felino. ¿Estaría de alguna manera relacionado el envenenamiento con El filo de la navaja?
Ya en casa, Jordi se sentó frente al ordenador y comenzó a elaborar su estrategia para afrontar la reunión del día siguiente. Pasó un par de horas buceando por la red, leyendo y redactando un texto que pudiera serle de utilidad.
Llegó antes de lo habitual al centro, incluso ganó al director. Lo esperó en una silla, en el pasillo, junto a su despacho, y vio aparecer su sombra precediéndolo. Se bamboleaba de un lado a otro por un problema de tobillos, que llevaban muchos años sufriendo el peso de ese hombre tan alto y corpulento. Tenía unos cincuenta años, era canoso y medio calvo, sin embargo, su rostro severo, la voz grave y la talla física producía pavor entre el alumnado y también entre buena parte del profesorado.
Jordi le dio los buenos días, y Alberto Roca Gris ni tan siquiera respondió. Le echó un vistazo minusvalorándolo, despreciándolo:
—Ah, tú —se dignó a decir. —Espera, luego te aviso.
El hombre salió y entró al despacho varias veces sin hacer ningún caso a Jordi. Se encargó de otros menesteres hasta que, cuando ya pasaban diez minutos de que todos habían entrado a sus clases, se dirigió a él y le hizo un gesto con el dedo.
Se sentaron el uno frente al otro y Jordi, antes de dejar hablar al señor Roca, le entregó un papel que sacó de una carpeta y dijo:
—Señor director, sé que esto llega tarde... sé que desconocer la norma no me exime de cumplirla, pero aquí tiene, la solicitud de permiso para distribuir una revista en el centro.
El director tomó el papel, se colocó las gafas sin montura, y lo ojeó:
MODELO DE INSTANCIA
Yo, Jordi Fernández Sánchez, alumno de 2º de la ESO del IES Villamanzanos, con domicilio en la localidad de Villamanzanos,
EXPONE:
Que los centros de enseñanza secundaria son lugares en donde confluyen múltiples intereses culturales, artísticos, deportivos y todo tipo de intereses por parte del alumnado; que los medios de comunicación impresos resultan un soporte de gran utilidad para recoger actualidad, noticias, eventos de interés para la comunidad educativa en general; los medios de comunicación tienen, además de una función informativa y de utilidad, una función formativa, pues ayudan a mejorar la expresión escrita y lectora; y además yo personalmente tengo intereses culturales y periodísticos y deseo formarme mediante la práctica en lo referido a las publicaciones.
SOLICITA:
Que se me conceda permiso para redactar, distribuir y vender en el centro una publicación periódica que hable sobre los asuntos del instituto y esté escrita por los propios alumnos, y también por aquellos profesores que deseen colaborar, dirigida por mí, con el título de El filo de la navaja, y que no tendrá ánimo de lucro, las ventas irán destinadas íntegramente a costear los gastos de la propia revista.
En Villamanzanos, el 18 de noviembre de 2016
El señor Roca se puso en pie, parecía todavía más grande cuando uno lo mira estando sentado, como estaba Jordi. Esbozó una malévola sonrisa y dejó el papel junto a un montón que había en un rincón apilados.
—No está mal redactado... lo reconozco. ¿Quieres que te dé ya la respuesta o prefieres esperar a que te llegue por escrito?
—Si sabe ya la respuesta... la preferiría ya.
El señor Roca clavó la mirada en Jordi, se llevó la mano al mentón prominente y lo acarició. Luego abrió la boca. —Está bien, mi respuesta es: mientras yo sea director de este centro, no va a publicarse ninguna revista editada por alumnos. Y muchísimo menos una revista dirigida por ti. —Pero... ¿por qué no? —Mira, Jordi, no tengo por qué darte explicaciones, pero me sobran cinco minutos antes de ir a tomar mi café, así que te lo explicaré de una manera sencilla que puedas entender. He estado en otro centro donde sí había una revista y se pidió a los alumnos que colaboraran y se les dio cierta libertad, el primer número fue bien, pero ya en el segundo se publicó una cantidad de opiniones que suscitaron todo tipo de polémicas. Lo más suave que se publicó fue una clasificación de los alumnos más atractivos, y se censuró, se detuvo antes de llegar a imprimirse, y también una clasificación con los profesores más guapos y más feos, de los más simpáticos, etc. De ahí saqué una lección mu...
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