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Capítulo 1

 Vicente entró a la redacción ansioso, nervioso e ilusionado. El centro de operaciones era el garaje y almacén de los padres de Jordi. Allí, entre las bicicletas, las herramientas, las cajas con tomates y los botes de pintura, habían encontrado hueco para una larga tabla que hacía de escritorio, unas cuantas sillas de madera y esparto, un sofá desvencijado, dos ordenadores portátiles con conexión a Internet y una mesa redonda con folios, bolígrafos y periódicos en el centro; esa era la redacción de El filo de la navaja. Cuando Vicente entró con su sonrisa vivaracha al almacén, Saray miró a Jordi con asombro y una pizca de indignación, él arqueó las cejas, ¿qué podía hacer?
—Hola, Jordi, hola, Saray.
—¿Qué tal, Vicente? ¿Qué quieres?
—Es que ya tengo un tema sobre el que escribir...
—¿En serio? Espero que sea bueno. No me vengas con la misma historia de la última vez; ninguna de las enfermedades que haya padecido tu gato son de interés para los lectores. No escribimos para gatos, sino para humanos.
—No, no es sobre mi gato. De todas maneras, ya está mejor del moquillo.
—Entonces, ¿qué es? No nos hagas perder el tiempo, estamos trabajando duro para el primer número.
—Verás... la idea me la dio algo que me sucedió ayer.
—¿Te tiraste tres pedos seguidos y creíste que era un terremoto?
—No, Saray, no fue eso. Mi madre me mandó a comprar al súper y fui a la sección de carne porque a ella le gusta el jamón serrano recién cortado, no el envasado. Había una mujer delante de mí que estuvo un buen rato. Y yo estaba allí esperando, aburrido, miré el teléfono móvil un segundo, solo un segundo, y cuando me di cuenta se me había colado una señora mayor. Le dije que yo estaba antes y... ¿sabes qué dijo?
—Ni idea.
—Ah, no te había visto, pero la mujer siguió pidiendo, me ignoró, y estuvo como diez minutos haciéndome esperar, porque encima pedía de todo. ¿Verdad que es fuerte?
—No me creo que no te viera, si estás hecho un barrilete – Saray le tocó la barriga al decirlo.
—No seas mala, Saray, pobre Vicentico. Pero, tío... eso pasa a diario, no lo veo como para publicar un artículo.
—¿No? Espera... porque después, la misma señora, cuando yo estaba en cola en la caja, para pagar, me dijo: “Nene, ¿no te importa que pase yo delante, verdad? Es que tengo prisa, tengo que hacer la comida, ¿sabes? Y total llevo cuatro cosas.”
—¿Y la dejaste pasar?
—No me dio opción, se me puso delante y comenzó a poner sus cosas sobre la cinta, y encima llevaba más productos que yo. Y a la hora de pagar, decía que la habían engañado, que en las estanterías ponía unos precios pero luego los productos tenían otro. Dijo que era muy caro y comenzó a quitar productos de su compra, hizo a la dependienta ir a comprobar dos precios, y mientras, yo allí esperando. ¿Y cómo crees que pagó? Con céntimos, céntimo a céntimo. Parecía que hubiera roto el cerdito. Qué desesperación.
—Vicente... concreta, sé breve,  ¿ya está? ¿esa es tu idea?
—Pues quiero escribir sobre esa señora, bueno, no sobre ella en concreto, sino sobre todas las que son como ella.
—No te entiendo.
—Tengo una teoría: todas esas mujeres mayores que se cuelan en el supermercado, que te quitan el asiento en el autobús y la montan en el banco, son el mal personificado, son maldad pura, y quiero demostrarlo y averiguar de dónde viene esa maldad.
—Qué chorradas dices, Vicente —lo desmereció Saray.
—Espera, Saray... no está mal la idea. —Le concedió Jordi.
—¿En serio, Jordi? Gracias. Chínchate, Saray, él es el director, él manda, seré el reportero estrella.
—Vale, vale, frena un poco, Vicentico, tampoco te flipes. Me parece buena tu idea, pero te daré algunas pautas sobre cómo afrontarlo.
—¿Qué?
—Que tomes nota.
—Vale, vale, espera.
Muy sumiso y entregado, Vicente se sentó frente a la mesa redonda con una libreta de Hora de aventuras y un bolígrafo con forma de pintalabios (que había tomado prestado de su madre, que tenía un centro de belleza) y tomó nota de cuanto fue capaz de lo que salía de los labios de su “jefe”.
—A tu texto le vas a dar forma de reportaje. Quiero que escribas dos folios, en letra tamaño doce e interlineado uno y medio. Pondrás un titular, pero tiene que ser artístico, de una línea, que intrigue: Me están viniendo a la cabeza algunos, “La maldad absoluta”; “Cuanto más viejas, más crueles”; “Egoísmo hereditario”... no sé, algo de ese tipo. De cualquier manera, el titular es lo último. Como será un reportaje, tienes libertad en la estructura, puedes dar rienda suelta a tu creatividad, puede acercarse a la literatura... puedes, debes, aportar algo de tu opinión, pero somos periodistas, no lo olvidemos, así que has de ser riguroso en la documentación y en las opiniones. Lo primero de todo es el trabajo de campo. Espiarás a esa señora que se te coló, y a alguna otra que sea como ella. Observa su comportamiento como si se tratara de un documental de naturaleza. Tienes que ser sigiloso, esconderte, que no te detecten, como un ninja. Harás fotografías para ilustrar el artículo y... ah, sí, esto es muy importante, entrevista a las personas que las conozcan, que traten con ellas. Por ejemplo, el carnicero, el cajero... ¿Lo tienes?
—Sí, sí... perfecto, lo haré bien.
—Ah, y tienes dos días para buscar la información y escribir el reportaje.
—¿Dos días? ¿Solo?
—Sí, la revista tiene que salir a la calle el próximo lunes, así que no te embobes.
—Está bien, podré hacerlo, cuenta conmigo.
Vicente recogió sus papeles y salió corriendo, dispuesto a escribir el mejor reportaje que jamás se haya leído en una revista de un grupo de estudiantes de Secundaria.
—Jordi, ¿de verdad crees que lo hará bien ese bobo?
—No.
—¿Entonces?
—Lo tendremos entretenido dos días, ¿qué es lo peor que puede pasar, que traiga una basura de reportaje? Si es muy malo no lo publicamos. De todas maneras, tengo que llenar páginas, y la idea puede ser graciosa.
—Está todo el rato rascándose, me pone nerviosa... No sé cómo lo aguantas. —Se pregunta Saray.
—Estoy acostumbrado a él, nos obligaban a jugar juntos desde que teníamos dos años, ya entonces me daba cuenta de que era un chico especial... como nuestras madres son amigas y vecinas, nos dejaban siempre juntos. Decían que parecíamos hermanos, eso a mí me enfadaba mucho, y él se ponía contento y me abrazaba. Me ha querido siempre mucho, sé que puede ser muy pesado, y un poco plasta, pero no puedo pasar de él. Me necesita un poco.
—Te pasas de bueno, yo lo hubiera mandado a la mierda ya.
—Lo has hecho más de una vez, pero él sigue ahí.
—¿Piensas que podrá escribir un reportaje decente?
—En realidad es más inteligente de lo que creen todos.
—Eso no es difícil, todos lo tienen por tonto perdido.
—Sí, también es cierto.
—Puedo tolerar que hayas dado, por lástima o cariño, un espacio en la revista a Vicente, pero jamás te perdonaré que hayas contado con Paula.
—Mira, Saray, yo también la detesto... pero queremos llegar a todo el público, y debes admitir que ella es la mejor para la sección de sociedad.
—Desde luego, es la reina de los cotilleos, las de Gossip Girl no le llegan ni al tobillo. Pero es que no la soporto, es una petarda engreída.
—Saray, mira la plantilla, el número cero va a ser un éxito garantizado, llegaremos a todos los públicos. —Echó unos folios sobre la mesa donde, en lápiz, había esquematizado las secciones y contenidos. —Arrancamos con el parte de bajas de los profesores, es lo que más interesa, quiénes faltan y cuánto tiempo estarán fuera. Luego, en el interior, en la sección de Sociedad, Paula ha preparado un ranking de los chicos y chicas más atractivos del instituto, según una encuesta que ha hecho entre el alumnado.
—Eso es horrible, es tan superficial.
—Lo sé, pero vende, Saray, vende. De la sección de Deportes se encarga Ramiro, que entró en depresión cuando se hizo el esguince de rodilla, pero cuando le dije que podría hacer seguimiento de todos los partidos del patio, de básket y fútbol, y escribirme las crónicas con fotos incluidas, se le encendieron los ojos. Solo con esas dos secciones, ya arrasaremos. Y aparte de eso, podremos incluir temas de más calidad: tu sección de literatura, cómic y anime, va a ser la caña. Todos los frikis del instituto como tú la devorarán.
—Perdona, todos lo frikis como yo, no, porque no hay ninguno que llegue a mi nivel.
—Cierto, por eso te he contratado, eres la más friki de todos.
—Eso está mejor, me has contratado por eso y porque estoy muy buena, tienes que admitirlo.
—Claro, sobre todo por lo segundo.
—Ya lo sé, gracias, pero no lo digas mucho, o mi novio se pondrá celoso.
—Está bien, Saray, es nuestro secreto. El caso, además de tu sección, que encantará a los más culturetas, yo pondré la nota musical con recomendaciones de los hits del momento, al margen de las radiofórmulas, y con un guiño a las fans de los grupos de moda, ya sabes, alguna crónica de One direction, Auryn, etc.
—Eres un vendido.
—En eso consiste el periodismo, no te equivoques. Sin embargo, tengo la suerte de que yo me vendo a mi público, no a los anunciantes. Eso nos hará únicos, independientes, no nos dejaremos manipular nunca por los poderes establecidos, seremos el único medio totalmente independiente de todo el país.
—Exageras un poquito.
—En absoluto. Tendremos nuestra propia sección de Actualidad, que junto a la de Música, será mi función. Habrá temas de política, pero relacionado siempre con la juventud. He preparado un par de noticias que no tienen desperdicio y que harán tambalearse los cimientos del poder establecido.
—¿En serio? ¿Cuáles?
—Bueno, espero que no lo filtres. Pero, como tema estrella, publicaré que los vigilantes de las piscinas municipales fuman dentro del recinto, tengo fotos que lo demuestran.
—Guau, eso sí es periodismo de investigación.
—Gracias... soy un fenómeno.
—Oye, ¿y si los despiden por tu artículo? Les arruinarás la vida.
—No me digas eso... ya me estás dando remordimientos... buf... Mira, si los despiden, lo siento mucho, que se lo hubieran pensado antes de incumplir la ley.
—Genial, tengo que reconocer que va a ser un bombazo y venderemos como rosquillas. ¿A qué precio se venderá?
—A 1 euro. El coste de impresión es 50 céntimos por ejemplar, he calculado que, si los vendemos todos, podemos ganar unos 30 euros.
—Vaya un dineral... Todo este trabajo, para repartirnos 30 euros... de momento, de cobrar ni hablamos ¿no?
—Evidentemente, no, si ganamos dinero lo invertiremos en la revista, por ejemplo, podemos comprar una cámara de fotos, o un flexo.
—Buena idea... pero, insisto, dentro de todo ese planing que conquistará a los lectores... el reportaje de Vicente, me parece que sobra un montón.
—Dale una oportunidad... siempre es mejor eso que poner los horóscopos.

Pasaron los dos días de plazo y Vicente llegó con un pen drive, o memoria usb, y unos folios donde había impreso el reportaje. Trabajó duro, le contó a Jordi cuántas horas había pasado espiando a viejas, los riesgos que había corrido, cómo había tenido que soportar charlas de alguna de esas señoras y, finalmente, cómo estuvo tres horas frente al ordenador para escribir el reportaje. Y Jordi, como todo buen redactor jefe, respondió:
—No me interesa cuánto te ha costado, solo el resultado. Déjalo sobre mi escritorio y cállate un poco para que lo lea tranquilamente.
Y como si fuera Pedro J. Ramírez en los albores de Diario 16, se acomodó, con alguna fe, con los pies bien estirados, el culo en el borde de la silla y un chupachups, a modo de cigarro, cayendo sobre su labio. Le costó concentrarse en las primeras líneas, debido a las faltas de ortografía, las tildes ausentes que él, mentalmente, iba colocando sobre las aes y las íes, pero, cuando olvidó la ortografía, la historia lo atrapó y hasta le pareció que era adecuado el titular.

La maldad crece con los años
Durante dos días he investigado a un sujeto a quien, por decoro y respeto,  llamaremos H. R. . Muchos creemos conocer a una persona y la juzgamos con un primer vistazo, en este caso andaríamos muy errados si nos dejásemos llevar por su apariencia, pues H. R. tiene el aspecto de una venerable ancianita que sonríe con cierta decadencia entrañable. No obstante, es la maldad personalizada, jamás he visto semejante concreción de la malicia en un ser humano. Si se nos mide por nuestros actos, especialmente por los pequeños, daré una muestra de esos hechos cotidianos que me llevan a afirmar que esta anciana es la reencarnación del mal.
La señora tiene gemelos como rocas y llega corriendo a la parada de autobús con la energía de Usain Bolt, pero cuando llega al vehículo, se arrastra como si tuviera doscientos años, se encorva, renquea y exige con un golpe en el brazo a quien ocupe el asiento junto a la ventana que se levante y la deje sentarse allí, so pretexto de ser una pobre viejecita. Esto lo hace aunque en la parte trasera del autobús estén todos los asientos libres.
En el supermercado se cuela en la zona de pescado, en la de carne y también en la caja, y no admite que nadie le lleve la contraria. Cuando lo hacen, responde, “Pero si soy una pobre vieja y me quedan dos telediarios, no me hagas perder el tiempo, que tú eres joven y no tienes prisa”.
En la frutería, H.R. se niega a enfundarse los guantes para escoger la fruta. Toquetea y aprieta las manzanas, limones y berenjenas, las devuelve a su sitio si no están lo suficientemente enteras. Además, tose y estornuda sin tapujos sobre la verdura y la fruta expuesta.
Cuando se acerca al parque, al pasar junto a una pareja de enamorados que se abrazan y besan los labios, les grita, como si los conociera acaso: “¡Degenerados, gorrinos, fornicadores! ¡Qué vergüenza, qué vergüenza, llamaré a la Policía!” Tengo la fortuna de verla cruzarse con dos homosexuales que caminan tomados de la mano y se ríen hablando de sus cosas, también tiene para ellos: “¡Qué asco, qué bochorno! Enfermos, maricones, dos hombres tan bien plantados... sois antinaturales. Si Franco levantara la cabeza os mandaba fusilar. ¡Qué pensarán vuestras madres, querrán morirse!”
Por un instante, cuando se sienta a solas en un banco, creo entrever una pizca de humanidad, de bondad, en ella. Mordisquea un mendrugo de pan y lanza unas miguitas al suelo. Las palomas se van acercando y me digo a mí mismo que, después de todo, no es tan mala, le gustan los animales. Pero, al poco, descubro en su manera de lanzar las migas y en cómo se ríe, el motivo por el cual disfruta de la sencilla actividad. Lanza el pan a las palomas de forma que las incita a pelearse unas contra otras. Suelta carcajadas cuando alguna tropieza, u otra la picotea. Lanza las migas con una picardía y una mala leche, que las palomas no pueden sino pelearse entre ellas. Hay en esa señora una maldad absoluta en cada pequeñez.
Tiene anotadas en su memoria todas las inauguraciones que puedan producirse. Se desplaza a una nueva panadería en un barrio a media hora del suyo en donde invitan a una degustación de bollería, para la señora degustación significa: abra su bolso y meta toda la comida que pueda; que es lo que hace. Cuando alguien la juzga con la mirada, se justifica: “Es para mi nieto, que no ha podido venir”.
He presenciado algunas actitudes similares en otras señoras, pero siempre aisladas. Esta señora, H.R., reúne tantos comportamientos dañinos que sorprende que pueda existir alguien tan perverso. Lo que más me asusta es que la investigación ha durado tan solo dos días, cuántas más maldades habría descubierto de haberla seguido durante una o dos semanas.


Cuando Jordi termina de leer el reportaje, se sorprende con una sonrisa en el rostro. Admite que Vicente ha hecho un trabajo excelente y considera que tiene la guinda perfecta para el número cero de una publicación llamada a revolucionar Villamanzanos, El filo de la navaja.
Sin embargo, no estaba en absoluto preparado para el éxito, porque el éxito, la fama, aunque sea momentánea y localizada, conlleva no solo alabanzas, sino, sobre todo, feroces y gratuitas críticas.
El mismo día de la publicación de la revista recibió muchas felicitaciones, sobre todo enhorabuenas y expresiones como: “Nunca había leído nada igual, por fin alguien habla de nuestros problemas reales y de aquello que nos preocupa”. Este tipo de alabanzas sinceras, le hincharon los pulmones y le dieron una razón para vivir y seguir adelante. Pero, aunque lo más numeroso fueron las felicitaciones, las críticas que le llegaron penetraron mejor en su alma, como clavos oxidados que le bajaron los humos y amargaron el éxito.
Las felicitaciones fueron todas ellas verbales, personales, de amigos y conocidos, sin embargo, cuando comprobaron la cuenta de correo electrónico de la publicación, estaba fletada de mensajes acusatorios e incluso amenazantes. Pero, de todos los mensajes, el que más le preocupó fue el que venía firmado, ni más ni menos que por el director de su instituto.
Jordi llevó los dedos temblorosos al ratón del ordenador, tragó saliva, sintió que hacía mucho calor en la habitación, abrió el mensaje y, con cada palabra que leía, en tono firme, legalista y amenazante, sentía que su vida se acortaba un segundo. 

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